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Ego

Muchas personas, incluyéndome, vemos el ego como algo malo. Algo que hay que callar o eliminar: esa voz falsa, esa máscara que le presentamos a los demás y a nosotros mismos sobre quiénes somos, qué hacemos, y que muchas veces nos lleva a tomar decisiones o tener pensamientos y relaciones que no siempre van en nuestro mejor interés.
Pero me pregunto si realmente el problema es su existencia… o más bien la importancia que le damos. Tal vez no se trata de luchar contra él, como nos lo venden tantos libros de autoayuda —que tienen buenas intenciones y me encantan— sino de entender por qué lo escuchamos tanto, por qué lo dejamos conducir.
Quizás nos iría mejor si simplemente aceptamos que está ahí, pero dejamos de identificarnos con él. Reconocer que lo que sentimos y pensamos está en la superficie, como olas del mar, mientras que nuestro verdadero ser está más abajo, en algo más profundo, más silencioso, que no está atado a ningún concepto.
Entender esto nos da libertad: podemos decidir cuándo darle volumen a esa voz y cuándo dejarla en silencio. El ego no es malo por sí solo —en un mundo de poder y política, incluso puede ayudarnos a comprender mejor las motivaciones de otros y las nuestras—, pero saber que no somos esa voz es clave. Es una herramienta, no nuestro centro.
También es importante recordar que sentir molestia, ansiedad o angustia es normal, y comunicarlo es sano. No tienes que guardártelo por sentir que debes ser “espiritualmente superior”. Porque eso también es ego, solo que disfrazado.
Destruir el ego no es tan fácil —y puede que ni siquiera sea posible—, pero entender cómo funciona, cómo se fortalece, cómo solemos identificarnos con él... eso sí está a nuestro alcance. Saber cuándo escucharlo y cuándo dejarlo ir me parece más realista —y más útil— que tratar de eliminarlo por completo.