Lastre

Después de casi un año sin escribir, un año donde pasaron muchas cosas a nivel personal, familiar y de trabajo — porque la vida no llega sin sorpresas y uno siempre debe estar preparado, como decían los antiguos estoicos: premeditatio malorum.

Sin embargo, hay cosas para las cuales no se está preparado: un diagnóstico de una enfermedad terminal, la muerte de un ser querido, un cambio de rol en el trabajo.

Como decía un amigo mío, los problemas son cobardes — no llegan solos.

Y es cierto. Muchas veces nos vamos a sentir que el mundo se nos viene encima, que tenemos treinta mil problemas que resolver. Pero si hacemos un zoom out, si nos alejamos de la situación como los budistas tienden a hacerlo con su concepto del observador, nos vamos a dar cuenta de que tenemos lo necesario para afrontarla, para seguir adelante y para sumar positivo para nuestras familias, amigos — y no ser lastres.

Porque esta es la pregunta que tenemos que hacernos siempre.

¿Qué somos? ¿Lastres o activos?

En este post quiero comenzar una serie de escritos sobre cómo convertirnos en activos para los demás. Esto no se construye de la noche a la mañana ni de manera accidental — se construye a diario, con nuestras decisiones a todos los niveles: financieramente, físicamente, mentalmente.

Reflexionando en las mañanas mientras todos duermen, en vez de darle la atención a los tecnócratas.
En los entrenamientos que no queríamos hacer.
Cumpliendo nuestra palabra.
Teniendo las conversaciones difíciles.
Priorizando el sueño antes de dárselo a Instagram o YouTube.
Teniendo contingencias para pérdidas laborales — siempre con tu reserva aparte y, si es posible, otras fuentes de ingreso.
Leyendo, aprendiendo cómo puedes ser mejor en tu trabajo, como padre, como amigo, como hermano.

Escogiendo el crecimiento sobre el comfort — porque el comfort a veces se disfraza de inercia y excusas.

Los griegos tenían el mito de Hércules en el camino, donde se encuentra con dos mujeres: una le ofrece una vida fácil, la otra le ofrece virtud y dificultades. Al final, el punto no es que sufrir sea bueno, ni que siempre haya que "escoger el camino angosto" — porque hay que trabajar de manera inteligente — sino que la grandeza requiere rechazar los caminos falsos que abundan en nuestra sociedad, donde nuestra atención es monetizada y nuestro tiempo capturado por corporaciones, bancos y tasas de interés, donde se normaliza la deuda, dormir cinco horas al día, no socializar y comer mal.

Caminos falsos que todos tomamos porque pensamos que son normales, y que eventualmente nos convierten en lastres para nosotros mismos, nuestras familias y la sociedad.

Entrando en la definición: un activo es alguien en quien se puede confiar, alguien que está dispuesto a ayudar cuando sea necesario, alguien que está preparado mental, física y financieramente para afrontar los golpes que da la vida.

Un lastre es lo opuesto: alguien que constantemente quita más de lo que da, alguien que no está preparado, alguien que dejó que la inercia y las excusas reemplazaran la disciplina por demasiado tiempo.

Todos estamos en algún lugar del espectro. No se es 100% activo ni 100% lastre — pero la idea es movernos hacia lo positivo y siempre aportar más de lo que quitamos, ya sea en nuestras familias, trabajo o comunidad. Ayudar a los demás a crecer, sembrar la semilla del amor con tus hijos si los tienes, y siempre estar preparado para cualquier eventualidad — porque la pregunta no es si va a pasar. La pregunta es cuándo va a pasar.

Esto no se trata de ser perfecto — se trata de realmente preguntarnos si vamos a tener la libertad de actuar sin pánico cuando llegue el momento.